A los pies de Bárbara Aranguren

Metí mis pies en sus grandes zapatos, tan de hombre, de gastada piel marrón, un poco abotinados, con cordones. Tenemos en común algunas cosas como sentir emoción por la épica aventura de los manuscritos de Tombuctú. Es difícil explicar un proceso de amor. Inicio un viaje interior de doble sentido: hacia él, hacia mí con él.

No somos ya tan jóvenes. Eso hace que todo sea más interesante. Él ha devenido en tuerto, por circunstancias ridículas pero fatalmente concatenadas. A mí me está saliendo una indiscutible chepa bajo el omóplato izquierdo, pero lo hace tan despacio que ya me he acostumbrado. Por razones de este tipo y por los ya mencionados intereses comunes, nos envuelve una ternura cargada de ironía. Somos los dos muy independientes, bichos raros, pero nos necesitamos.

Si hubiera que señalar un animal que se nos asemejara yo diría que un escarabajo azul con dos cabezas. Pero, ay, estoy segura de que él no estaría de acuerdo. Es todo muy divertido.

 

 

(Este texto pertenece a la serie especial que hemos creado en 120 Pies. En esta editorial los pies son importantes, sobre todo para recorrer distancias que parecen inabarcables, así que decidimos pedirles una foto de su parte más inferior a nuestros autores y hacerles a todos la misma pregunta: ¿Hacia dónde te llevan tus pies? Esta es una de las contestaciones que recibimos.)


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