A los pies de Ernesto Rodríguez

Miguel tenía una mano inútil porque se metió en una guerra para la que nadie, y menos él, estaba preparado. Harto de que se intentara confundir lo que era verdad con lo que era verosímil, me dijo que había sido a su vuelta cuando recorrió el sendero de baldosas amarillas que separaba su realidad imperfecta de la perfecta locura de Alonso Quijano. Porque una verdad lo es más cuando no es verosímil, dijo. Más verdad, al menos, que las verdades de las guerras.

Decidí seguir su consejo y desde entonces camino por los paseos de la fama y la vergüenza, mirando atento a las piedras de grava que me encuentro por ellos. Unas piedras han saltado al trote de los caballos medievales; otras, a las patadas de juglares con rostros pávidos, con un no sé qué que queda balbuciendo; otras han sido lanzadas por pícaros famélicos; otras han caído al paso de carromatos dieciochescos que conducían señores ilustrados. Una vez anduve las escaleras hasta el cielo de la boca de una ballena, pero ya habían cogido sitio. Otra vez seguí la pista de una cucaracha existencialista, y otra, los pasos ingrávidos de un principito que saltaba de un planeta a otro. De camino en camino, dando patadas a las piedras de grava y descubriendo el tamaño de sus huellas, llegué otra vez a un camino que moría en un estanque lleno de tortugas con galaxias sobre sus caparazones. Y todo eso es inverosímil, pero es verdad. O, al menos, más verdad que otras verdades.

 

(Este texto pertenece a la serie especial que hemos creado en 120 Pies. En esta editorial los pies son importantes, sobre todo para recorrer distancias que parecen inabarcables, así que decidimos pedirles una foto de su parte más inferior a nuestros autores y hacerles a todos la misma pregunta: ¿Hacia dónde te llevan tus pies? Esta es una de las contestaciones que recibimos.)


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