A los pies de Melanie Rostock

Cada día laborable Andrés viaja en metro hasta la última parada de la línea 3. Siempre coge el de las 07:50 horas, ni más pronto ni más tarde.

Por su apariencia se podría decir que guarda los mismos trajes desde hace años en su armario. Varias camisas de color azul claro, quizás una para cada día de la semana, planchadas con esmero; unos pantalones igualmente cuidados de color verde botella, más apropiados para un hombre jubilado que para un hombre de treinta y cinco años; y un sombrero tirolés que no combina con el resto de su vestuario y que solo se quita cuando se va a dormir.

Cuando va en el vagón no lee el periódico ni ningún libro. Tampoco escucha música. Solo observa a las personas que despiertan más su curiosidad y, mientras pasan las paradas, da  rienda suelta a su imaginación.

Aquel que sube en la misma parada que él tiene aspecto de llamarse Fernando. Y si no se llama así, debería cambiarse el nombre porque sus padres no acertaron. Viste con traje gris oscuro y corbata de color salmón. Siempre va con prisa y rebufa cuando las puertas tardan en cerrarse. Lee La Vanguardia y normalmente empieza por la sección de deportes. No lleva pañuelos y se frota la nariz con el dorso de la mano. Trabaja en un banco y tiene un cargo alto. Su mujer es ama de casa y él se encarga de llevar el dinero. No tienen hijos porque no pueden tenerlos. Ningún tratamiento ha dado resultado y este hecho es algo que amarga sus días. Ahora están en trámites de adopción.

Andrés se ha dado cuenta de que Fernando ha empezado a evitarle. Si coinciden en el mismo vagón, este se cambia al siguiente. Andrés está muy dolido por su comportamiento.

Ramona sube en Lesseps. Es una mujer de mediana edad que lee novelas históricas en inglés. Se recoge el cabello en un moño estilo bailarina. Lleva un maletín con el portátil y consulta la BlackBerry cada vez que un sonido la avisa de que ha entrado un e-mail. A veces para de teclear por un instante, mira hacia el vacío y se frota la frente con la otra mano en señal de concentración. Después continúa escribiendo. Es una mujer con carácter, entra al vagón y avanza entre la gente con porte decidido. Ocasionalmente lleva tacones, sobre todo cuando va con falda. Los tejanos los combina con una blusa y botas que le llegan a las rodillas. Ha sido la querida de un importante abogado. Le gustan los hombres casados. Le gustan los hombres como Fernando.

Andrés se sube al metro de las 07:50 horas, casi no llega a tiempo porque ha parado en el quiosco a comprar La Vanguardia. Este hecho le ha puesto muy nervioso. Hoy viste traje gris oscuro, lleva una corbata color salmón y un anillo de casado. Sigue llevando el sombrero tirolés porque ya forma parte de él. Está decidido a hablar con Ramona. Cuando ella entra, él contiene la respiración. Resplandece más que nunca. Se ha soltado el pelo, que le llega hasta los hombros, y lleva un vestido azul marino con cinturón marrón, medias de color carne y zapatos de tacón marrón claro. Se sienta frente a él y saca un libro del bolso. Andrés se encuentra con la portada de Children and fire de Ursula Hegi. No tiene ni idea de quién es.

−Buen libro −dice Andrés para romper el hielo.

Ramona aparta un momento el libro del rostro con el ceño fruncido y, sin relajar sus facciones, contesta:

−Sí, lo acabo de empezar−. Y se esconde más tras el libro.

−A mí es de los que más me han gustado de ella.

Ramona ni siquiera le mira. Contesta un ajá distraído que ofende mucho a Andrés. Eso ha sido de muy mal gusto, no es propio de Ramona. Seguro que no quiere llamarse así, igual que Fernando no quería llamarse Fernando. Andrés se fija en el anillo y piensa que quizá Ramona no lo haya visto y por eso no esté interesada en él.

−Soy un hombre casado, no pienses que estoy intentado algo contigo.

Ahora ni siquiera responde. Simplemente se levanta y se dirige hacia otro asiento más alejado.

Dos semanas después Andrés coge el metro de las 07:50 horas. Lee La Vanguardia empezando por la sección de deportes. Entra con prisas y se impacienta cuando las puertas tardan en cerrarse. Lleva traje gris oscuro con la corbata de color salmón, un reluciente anillo de casado y un pañuelo por si le pica la nariz. En la otra mano lleva un maletín que se ve un tanto afeminado y la BlackBerry en el bolsillo del pantalón. Cada vez que llega un e-mail lo consulta y contesta pensando muy bien lo que escribe. Sigue fiel a su sombrero tirolés y también ha incorporado los tacones marrón claro a su vestuario. Ahora es a él a quien observan en el metro. La chica que ahora le está mirando a través de sus gafas de pasta lee un libro titulado Choque de Reyes. Se llama Lucía. Andrés se pregunta si realmente ella quiere llamarse así.

(Este texto pertenece a la serie especial que hemos creado en 120 Pies. En esta editorial los pies son importantes, sobre todo para recorrer distancias que parecen inabarcables, así que decidimos pedirles una foto de su parte más inferior a nuestros autores y hacerles a todos la misma pregunta: ¿Hacia dónde te llevan tus pies? Esta es una de las contestaciones que recibimos.)


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