A los pies de Mikel Rey

Eran ellos, demasiado tiempo caminando por la Gran Ciudad, tanto que ya formaban parte del flujo general, del ir y venir, de la actividad cotidiana. Habían hecho muchas cosas, pero también, sin saberlo, la más grave: habían consumido el lenguaje. Las palabras, por dentro y por fuera, se les habían terminado. Lo supieron realmente cuando él intentó describir un edificio acristalado con un jardín en su interior: él, que siempre sabía qué decir. Eso que tenían delante, ¿qué era? ¿Habían sabido definirlo alguna vez?

Ella se burló de él, que balbuceaba, pero cuando lo intentó solo consiguió escupir una baba verde en el cemento. Él se separó del cristal y vio el resultado de su esfuerzo, igual de triste, de mundano, que el de ella.

Nadie se interesaba por el lenguaje de signos porque cosas así nunca ocurrían. Pero improvisaron. Entendieron cuáles eran las palabras más urgentes, aquellas que les permitirían sobrevivir, y se aplicaron a su estudio ahí, tan ajenos y vibrantes que no, no podía ser una súbita lesión cerebral o una consecuencia del cambio horario.

Pero cómo explicarlo todo de esa forma. Pronto se agotó. Cómo condenar ideas tan densas como la existencia de aquel edificio, la megalomanía de un decorador de interiores. Así que eso hicieron, buscaron conceptos más sencillos sobre los que proyectar su inutilidad. Llevarlo a cabo, como una obra de arte en movimiento, casi brujería. Terminar. Descansar. Hacer un recuento de los daños, ellos un poco desencantados pero todavía eléctricos.

Ella se señaló el cuello. Hizo una zarpa con los dedos y se arañó suavemente la piel. Todo falso; las marcas desaparecieron como jeroglíficos. El gesto de ella hacía visible lo que él, por vergüenza, no se había atrevido a revelar.

Encontraron una cafetería, abrieron la puerta de cristal; pisaron dentro y comprendieron. Una destrucción natural del lenguaje, su desgaste lógico. Por qué habían entrado ahí y no en cualquier otro sitio, en ese precisamente, que parecía su propia versión del destino escrito en las estrellas, las nubes o los rascacielos.

Todo el lenguaje ―todo― derramado. Como si una vieja máquina de café hubiera estallado dejando sus posos y el tiempo los hubiera endurecido, las costras a la vista; había gravedad en sus cuerpos, y esto era algo comprobable. Les sorprendía que fuera plano, que pudieran quedarse quietos y no forzar el equilibrio.

De vuelta, se perdieron en el traqueteo subterráneo, con el sabor del café pegado en el paladar. Llegaron al borde este de la ciudad, al pie de todos los puentes; a una zona verde coronada por un castillo. Se revolcaron en la hierba y buscaron refugio en los árboles, como habían visto hacer a las alimañas.

No sabían cómo utilizar el dinero; poco a poco perdieron el interés en él, en su función, en las posibilidades que ofrecía.

Quemaron las tarjetas de crédito en los baños del parque más famoso del mundo.

El avión de regreso los dejó en tierra. Quizá fueron ellos quienes decidieron no subir, porque ya habían probado la gravedad y les gustaba sentir sus pies pegados al suelo, donde crujía el lenguaje, y vivir mendigando café en aquel local desconocido: en estos días, retienen la mierda en las tripas mientras esperan con ilusión, allí, en la Gran Ciudad, el espectáculo del derrumbe de los edificios más altos, otra vez, hasta el infinito.

 

(Este texto pertenece a la serie especial que hemos creado en 120 Pies. En esta editorial los pies son importantes, sobre todo para recorrer distancias que parecen inabarcables, así que decidimos pedirles una foto de su parte más inferior a nuestros autores y hacerles a todos la misma pregunta: ¿Hacia dónde te llevan tus pies? Esta es una de las contestaciones que recibimos.)


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