¿Qué leen nuestros Wrighters? Pablo Garcinuño

Nuestro cuentista Pablo Garcinuño comparte intimidades con los lectores. Estas son las lecturas que influenciaron la escritura de Así no vamos a ninguna parte. Que aproveche.

En mi mesita de noche siempre hay un libro de Hipólito G. Navarro, siempre el mismo. Se titula Los últimos percances y en la contraportada se asegura que son sesenta y siete relatos (no hay por qué desconfiar). Me queda poco para acabarlo, pero no me atrevo a darle la puntilla. Dosifico el puñado de cuentos que aún no he leído reservándolos para ocasiones muy especiales: un huevo con dos yemas, algún gol de Mascherano, una mañana sin cartero comercial.

No soy tan fiel con todos los libros. Picoteo de flor en flor, tonteo con desconocidas, subo a hogares ajenos en la primera cita. Mi último affaire tuvo lugar en alguna de las Siete casas vacías de Samanta Schweblin. Pero siempre vuelvo a los relatos de Cortázar y Salinger. Este último, sobre todo en verano, desde que guardara un ejemplar de Nueve cuentos en la mochila de la piscina, entre la toalla, las gafas de bucear y la humedad de sus diálogos.

Aparqué a Eloy Tizón y su Velocidad de los jardines porque sus páginas iban demasiado rápido para mí. Y, sin embargo, años después volví a ellas para maravillarme con cada palabra. También con los libros hay «ceses temporales de convivencia» y reencuentros felices. Disfrutar, por ejemplo, con las mil historias que esconde el Quijote cuando ya nadie te obliga a leerlo. Obras que un día fueron Aldonza Lorenzo y que regresan convertidas en una Dulcinea del Toboso de la cabeza a los pies.

Los inicios fueron tortuosos, experimentales: sexo telefónico con Rodari, un trío con los hermanos Grimm, zoofilia con el burro de Fray Perico, onanismo bajo una palmera de La isla del tesoro. Antes de eso, solo inocencia. Teo y sus circunstancias, ya saben. Y algún primer beso con brujas, lobos y princesas (por ese orden).


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